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DISCURSO DEL DECANO DE LA FACULTAD DE DERECHO UNIVERSIDAD DEL DESARROLLO, CON MOTIVO DE LA INAUGURACIÓN DEL AÑO ACADÉMICO 2008


Nuevamente, como ha sucedido en forma ininterrumpida en los últimos años, hemos querido iniciar nuestras actividades académicas con este encuentro, en el cual confluye una reflexión jurídica de importancia en el acontecer nacional, el reconocimiento a los mejores alumnos y el mejor profesor de nuestra Facultad, y el recuerdo de quienes inspiran constantemente la acción de docentes y estudiantes.
De esta manera se funde el pasado con el porvenir, la realidad con las aspiraciones y los sueños, y lo transitorio con lo estable y definitivo.

Esta Facultad ambiciona ocupar un lugar destacado en el ámbito universitario chileno. No obstante su juventud - con apenas 10 años de vida en la ciudad de Santiago - ya se la reconoce entre las mejores de nuestro país.
Este hecho es fruto del esfuerzo mancomunado de todos sus estamentos: cuerpo de profesores, plantel administrativo y alumnos, animados por los mismos propósitos: hacer bien las cosas.
Quiero destacar, con especial énfasis, que en la medida que nuestros licenciados se vayan incorporando al ejercicio profesional, aumentará el prestigio de la Facultad, porque son ellos el testimonio más elocuente de la calidad y eficiencia con que se imparte entre nosotros la enseñanza jurídica.
Por lo mismo, depositamos en todos ustedes, estimados egresados, la más plena confianza de que se desempeñarán con éxito y contribuirán a dar lustre a esta Universidad.

Es bueno que quienes han sido formados en estas aulas sepan, desde ya, que les corresponderá actuar en un medio altamente competitivo, en donde el mercado selecciona a los mejores, más allá de toda otra consideración, y en el cual deben prevalecer valores éticos, fuertemente arraigados, porque siempre estarán expuestos a tentaciones y presiones.
Deben saber, también, que los chilenos, más allá de sus diferencias y discordias civiles, tienen una firme conciencia jurídica, que se manifiesta en el respeto a la ley, como ha quedado de manifiesto incluso en los grandes conflictos políticos que hemos debido afrontar.
Cómo olvidar que la guerra civil de 1891 se inició con un acta de deposición del Presidente Balmaceda, suscrita por la mayoría del Congreso Nacional; que en 1924 se concedió un “permiso especial” al Presidente Alessandri para que abandonara el país; y que en 1973 las Fuerzas Armadas y de Orden, institucionalmente, actuaron previo acuerdo de la Cámara de Diputados que las instaba a intervenir.
¿Qué implica todo esto?
Indudablemente que existe entre nosotros una íntima convicción de que sólo el derecho es sello de legitimidad en las actividades públicas y privadas, y el único instrumento capaz de organizar y asegurar la estabilidad y la paz social.
No olviden este rasgo peculiar de nuestro pueblo que, no por casualidad, ha elegido mayoritariamente a abogados como sus gobernantes y legisladores. Cualquiera que sea el ámbito en que deban desenvolverse, hallarán siempre un espíritu de respeto y acatamiento a la norma jurídica, lo cual debemos profundizar, porque constituye una de las mejores cualidades de este país.

Desde esta perspectiva, los abogados tenemos una doble responsabilidad: como custodios de la legalidad vigente, y como conductores de la vida social.

En esta trascendental tarea, luchen siempre por la justicia. Es ella un tónico que fortalece el espíritu y nos hace dignos de vivir. No vacilen ante la derrota, porque ella sólo impone su ley a
los pusilánimes, ni se envanezcan con el triunfo, porque él es siempre pasajero y engañoso.
Sean leales con sus convicciones, aun cuando todos se vuelvan contra ustedes, porque sólo así podrán mantenerse firme ante la adversidad. No olviden jamás a quienes les han ayudado en la vida, porque ellos han depositado su esperanza en vuestra capacidad y compartido un trecho del camino.

No se fíen del azar ni depositen su esperanza en la benevolencia de los demás. No luchen con armas vedadas y sepan que la mayor satisfacción la encontrarán más en el silencio que en el bullicio, más en el desprendimiento que en el egoísmo, más en la sobriedad que
en la ostentación.

En la persona de Pedro Pablo Vergara Varas, elegido por los alumnos como el mejor profesor, quiero agradecer a todos los académicos su dedicación y entrega a la Facultad. Ellos, sin excepción, han cumplido sus funciones con una abnegación y una constancia que nos enorgullece y que compromete nuestra gratitud. Día a día, sea preparando o impartiendo sus clases, se han
ido proyectado en sus alumnos, trasmitiéndoles no sólo conocimientos, sino un estilo de vida que ha contribuido a su perfeccionamiento intelectual y humano. Deseamos que esta relación sea cada día más profunda y enriquecedora, y que entre alumnos y profesores predomine un ambiente entendimiento, afecto y respeto recíprocos: una verdadera comunidad intelectual y
afectiva.

A los mejores alumnos, nuestra más calurosa felicitación. Ellos han cumplido con su deber y alcanzado las metas que se han propuesto. Esas metas las percibe el cuerpo docente como una conquista propia, culminación del esfuerzo y empeño que, diariamente, pone en su generosa tarea de trasmitir conocimientos y consolidar los valores que ennoblecen nuestra profesión. Por lo mismo, cada premio, si bien tiene un titular, lo comparten todos quienes han contribuido en el complejo y desafiante proceso de formación jurídica.

Para perpetuar la memoria de aquellos profesores que dejaron una huella profunda en el alma de nuestra Facultad, hemos instituido un premio especial, que se discierne cada año al mejor egresado, y que lleva el nombre de “Roberto Dávila Díaz”. Insigne profesor de Derecho Procesal, fue también, con el mismo brillo, uno de los mejores y más recordados jueces de este país. Confluían en él dos cualidades especiales: la sensibilidad del maestro, dedicado con celo a moldear el espíritu de los estudiantes; y el equilibrio del juez imparcial, capaz de juzgar con independencia
e impartir justicia sin otro horizonte que imponer el mandato de la ley. Mientras se desempeñó como Presidente de la Corte Suprema, mantuvo con nosotros el mismo trato, la misma sencillez y afabilidad de siempre, sin que sus altas funciones perturbaran sus clases o alteraran sus actividades académicas. Él supo, mejor que nadie, que a los espíritus selectos, no los envanece el triunfo ni los empequeñece la derrota, puesto que, como dijo Kipling, no son más que dos impostores.
Es nuestro propósito mantener vivo su ejemplo y proyectarlo a nuestros alumnos, especialmente a aquellos que se dediquen a la judicatura que, sin duda, constituye la forma más excelsa de ejercer como apostolado la noble profesión de abogado.
Este premio hemos querido representarlo en la figura del Quijote, porque en nuestro espíritu predominará siempre el ideal y los sueños, haciendo realidad la sentencia del poeta, “todos vivimos en el barro, pero hay algunos que miramos las estrellas.”

Al dar por inaugurado este año académico, renuevo ante ustedes el propósito permanente de impulsar a nuestra Facultad hasta ocupar un lugar destacado de excelencia, formando los mejores abogados, vale decir, aquellos capaces de hacer del derecho una herramienta para imponer la justicia y con ella, la paz, el orden y la seguridad. Hemos depositados en ustedes, nuestros mejores sueños y tenemos la certeza de que no nos defraudarán.

Dignifiquen su profesión, enaltezcan su Universidad y cultiven las virtudes que en conjunto sembramos en esta maravillosa etapa de sus vidas.

Muchas gracias.